La historia se repite y una vez más, Israel y Gaza están en el centro del escenario internacional. Sin embargo, en esta ocasión no es el preludio de una catástrofe global lo que acapara los titulares, sino una inesperada aceptación de un plan de paz propuesto
por la administración Biden. Parece que, al menos por ahora, hemos esquivado la temida Tercera Guerra Mundial.
La noticia nos llega como un bálsamo, casi como un susurro de esperanza en medio de un constante murmullo de conflicto y tensión. Antony Blinken, el Secretario de Estado estadounidense, ha logrado lo que muchos pensaron imposible: ambos bandos han dado su aprobación, aunque con reticencias. Israel, bajo el liderazgo de un dubitativo Netanyahu, y Hamas, presionado por las facciones más radicales, parece que van a aceptar, aunque con sus reservas, un alto el fuego y la liberación de rehenes israelíes.
La liberación de los rehenes es el punto más álgido y espinoso de este acuerdo, un elemento que no solo ejerce una presión política inmensa sobre la derecha israelí, sino que también representa una chispa de humanidad en un conflicto frecuentemente despojado de ella. Los vídeos desgarradores de las violaciones y abusos han puesto a Israel en una encrucijada moral y política. La presión interna y externa se ha intensificado, creando un ambiente donde la necesidad de poner fin a las atrocidades supera las habituales retóricas
bélicas.
En el gran tablero de ajedrez geopolítico, Ucrania parece haber sido relegada a un segundo plano, una distracción temporal mientras el verdadero juego se desplaza hacia otras regiones. La estrategia del Pentágono de estabilizar el Medio Oriente para enfocarse en el Mar de China Meridional muestra una jugada clara hacia la contención de China, el verdadero rival estratégico de Estados Unidos.
La aceptación del plan estadounidense no es un giro hacia la paz definitiva, sino una pausa en un conflicto eterno, una tregua en la larga y sangrienta historia de una región que ha conocido más guerras que generaciones. La calma que se intenta instaurar puede ser la antesala de algo más grande y, esperemos, más duradero.
Pero mientras respiramos un breve suspiro de alivio, no podemos olvidar la sombra de las instituciones supranacionales que se cierne sobre la soberanía de los estados. La reciente aprobación del reglamento sanitario internacional por parte de la OMS, ahora con recomendaciones vinculantes, amenaza con desplazar el poder de decisión de las naciones hacia organismos globales. Este reglamento, que abarca desde cuarentenas hasta certificados de vacunación y acciones contra la desinformación, centraliza un poder que debería suscitar un amplio debate público.
Es imprescindible que estas decisiones no pasen desapercibidas y que se discutan en los parlamentos nacionales. La política sin debate es una política muerta, y la reciente votación en la OMS debería ser un llamado de atención para todos nosotros. La transferencia de poder a una organización como la OMS, sin el adecuado escrutinio y debate, es una amenaza latente a la autonomía nacional.
En resumen, mientras celebramos la tregua en Gaza y la suspensión de hostilidades, debemos permanecer vigilantes ante las amenazas a nuestra soberanía y derechos. El mundo observa, los líderes actúan y nosotros, los ciudadanos, debemos exigir transparencia y responsabilidad. Porque en el delicado equilibrio de la paz y la guerra, la libertad y el control, se encuentra el futuro que todos compartiremos.